14 junio 2006

 

Una vida iluminada, en Villa la Angostura

CINE CLUB JORGE PRELORAN
PRESENTA

Una vida iluminada
Un film de Liev Schreiber

Viernes 16 de junio 21.30hs.

Casa de la cultura - puerta trasera

Entradas socios $3.- No socios $5.-

Auspician Filu video y Bib. Pop. Osv. Bayer y Dir de cultura

El coleccionista de objetos

Una vida iluminada marca el debut detrás de las cámaras del actor Liev Schreiber, un rara avis que fue creciendo a nivel interpretativo en peliculitas de corte menor y que, a fuerza de una sensibilidad y personalidad descollantes, logró un lugar dentro de la exitista meca del cine combinando su ductilidad actoral para amoldarse en films comerciales o más arriesgados. También, Una vida iluminada es el nombre del best seller autobiográfico del escritor Safran Foer que motivó a Schreiber a animarse a dirigir un film impregnado de su sensibilidad y que, pese a los derrapes narrativos propios de un debutante, consigue desembarazarse -a riesgo de resultar pretencioso- de la fórmula.

El primer rasgo distintivo consiste en la estructura elegida para el desarrollo de esta suerte de viaje iniciático que emprende Jonnathan (un Elijah Wood introspectivo y en las antípodas de Frodo) acompañado de dos baqueanos ucranianos por la Odessa poscomunista, fragmentado en capítulos y rubricados por una voz en off al comienzo y al final del relato.

Elemento constitutivo de la road movie, el viaje exterior sintoniza con el viaje interior en busca de la identidad. Por lo general, ese camino se reviste de la impronta de la memoria y del ejercicio de recordar. Precisamente, los recuerdos configuran gran parte de la identidad de cada individuo y son el único puente accesible para reconstruir el pasado propio y el ajeno. Eso es lo que el protagonista comenzó a hacer desde pequeño al acumular objetos, desde los más insólitos como la dentadura postiza de su abuela recientemente fallecida hasta los más cotidianos como la mitad de una papa que le sirven en su primer comida en tierras extrañas. Pero no se trata de apilar cosas solamente sino de tenerlas a mano para no olvidar, aunque eso implique empezar por una ajada foto donde su abuelo está abrazando a una misteriosa mujer, quien lo salvó de las garras del nazismo. Entonces, aquellos objetos recuperados reconstruyen dos historias: la del abuelo por un lado y la del Holocausto por el otro. Así, el viaje se resignifica en el espacio y en el tiempo.

La búsqueda de un pueblito que los Nazis borraron del mapa reúne a Jonnathan con dos personajes, Alex (Eugene Hutz) y su abuelo (Boris Laskin), quienes a bordo de un auto destartalado hacen de guías turísticos y por unos dólares se disponen a ayudarlo para que el poco comunicativo muchacho pueda cerrar otro capítulo de su historia familiar. Si bien el joven Alex es un amante de la cultura norteamericana a través del cine y la música pop, su abuelo que no habla inglés expresa su antisemitismo latente cada vez que puede. Las fricciones se van limando con el viaje a partir del recorrido por diferentes parajes de Odessa.

Estos lugares para la mirada virgen o ingenua de los dos jóvenes, el norteamericano y el ruso, no significan más que el frente de una postal pintoresca, pero en su abuelo esos retazos de paisajes representan un reencuentro con viejos fantasmas. Así, la trama activa el mecanismo de la memoria y atraviesa el film para conducirlo hacia un registro más profundo que el aparente. A veces reparadora, a veces desenterrada por el olvido, ese arma de doble filo puede remover tantas capas de recuerdos al punto de volverse un tormento. Tormento que para la historia judía acarrea por ejemplo la culpa del sobreviviente al Holocausto, idea poco explorada desde el cine que Schreiber se atreve a desempolvar a partir de una de las subtramas.

Sin embargo, así como van uniéndose las pequeñas aristas narrativas, el film expone las falencias de querer contar mucho en una plataforma que no soporta tantas ideas juntas, sobre todo porque intenta mezclar los códigos de road movie con la comedia de situaciones y el melodrama clásico. Más allá de este problema de criterio, defecto habitual en una ópera prima, que ocasionalmente recae en estereotipos como el desgaste que obliga al cliché del gag para descomprimir o la extorsión emocional con el espectador, Liev Schreiber transmite su sensibilidad mediante el despliegue visual y un timing pausado, cuyo ritmo deja crecer a los personajes. De este modo, con más cosas a favor que en contra, su film puede cuestionarse dentro de lo cinematográfico pero no por ello deja de ser genuino y diferente.

Pablo E. Arahuete






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